
La tableta gráfica no perdona nada; la glicerina, en cambio, perdona casi todo. Llevo buena parte de los últimos años cambiando el clic del mouse por una cuchara de madera, derritiendo bloques transparentes hasta que quedan del color de la miel, y de ahí salen mis jabones de glicerina con aceites naturales, la manualidad de fin de semana que más me ha durado. Miga, mi gata, se acomoda cerca de la olla como si estuviera vigilando que no se me vaya la mano con el aceite otra vez. Es el único rato de la semana en que el autocuidado no depende de entregar nada a tiempo, sino de dejar que algo se derrita despacio y sin apuro.
El termómetro que me mentía por diez grados
Antes confiaba en un termómetro de cocina corriente, de los que vienen con cualquier olla, convencida de que un número en una pantalla no se podía equivocar. Se equivocaba, y bastante: marcaba unos diez grados menos de lo que la mezcla realmente tenía, así que yo seguía esperando un punto de fusión que ya había pasado hacía rato. El resultado eran mezclas recalentadas, con burbujas de rabia en la superficie y un olor a plástico que no tenía nada que ver con lo que busco cuando enciendo la estufa un sábado cualquiera. Leer sobre la glicerina me ayudó a entender, a mi manera nada técnica, que ese ingrediente es más sensible al calor de lo que aparenta.
Ahora guardo ese termómetro en el cajón de abajo y confío en la superficie de la mezcla: cuando se ve como un espejo líquido, sin espuma todavía, sé que es el momento de verter. Cambiar de método así, a mitad de un hábito que ya creía resuelto, me costó más orgullo que tiempo. Es un proceso lento, parecido a aquel sábado de lluvia, café y cera que ya conté por aquí, donde aprendí que las prisas le hacen daño a cualquier cosa hecha con las manos.
Aceites naturales, gota a gota y no a chorros
El frío de Bogotá me reseca las manos de un modo que ninguna crema de esas que compro por temporada arregla del todo, y ahí fue donde los aceites naturales entraron a mi rutina de jabones. Empecé a mirar de reojo el aceite de almendras, el de jojoba, unas gotas de argán, pensando en cómo dárselos a mi piel de ilustradora sin arruinar la barra en el intento. La tentación siempre es echar un chorro generoso, como si más aceite significara más cuidado, pero la glicerina tiene un límite de cuánto puede cargar antes de perder firmeza y quedar convertida en una masa sin gracia.
Dosifico con cuentagotas ahora, mirando más la textura que contando cuántas gotas caen, y dejo que cada aceite se integre antes de pensar que necesito sumar otro. El de jojoba se quedó como mi favorito porque el acabado que deja es satinado, casi como si el jabón hubiera salido de un taller y no de mi cocina entre tazas de café a medio terminar. A veces, mientras espero que la mezcla baje de temperatura, releo mis propias notas sobre aromas para jabones artesanales que relajan mi espacio de trabajo creativo, buscando alguna combinación que no se me haya ocurrido todavía.
Mis jabones sudan en esta ciudad
Vivir casi a 2.600 metros de altura deja su huella en el jabón, aunque nadie lo advierte antes de empezar. Las barras de glicerina, aquí, a veces sacan gotitas diminutas en la superficie, como si estuvieran llorando, y la primera vez que lo vi pensé que se habían dañado. No es nada grave: es solo la glicerina haciendo lo suyo con la humedad de esta ciudad, que le sobra para notarse en la piel de la barra.
Envolverlas en papel apenas se enfrían ayuda a que esa capa de sudor no aparezca, aunque a veces igual sale y ya dejé de alarmarme por eso. Ningún curso corto de los que he tomado explicó esta parte tan bien como mirar la barra terminada al día siguiente, con la luz de la mañana entrando de refilón. Cada ciudad debe tener su propia versión de este problema, y la mía tiene que ver con la altura y con lo poco que seca la ropa tendida en esta época del año.
Envolver en papel kraft y mandarlo esa misma tarde
Mi prima Adriana Baquero, que vive en Cali y aterrizó en mi casa pensando en quedarse dos semanas después del encierro y terminó quedándose dos meses, fue la primera persona en recibir uno de estos jabones ya terminado. Para la cuarta semana de estar afinando la mano con los aceites, envolví una barra en papel kraft, la puse sobre la mesa para una foto y se la mandé esa misma tarde sin pensarlo mucho; tenía un aspecto tan cuidado, tan de tienda, que ni yo me lo creía del todo.
Adriana la subió a su Instagram sin avisarme, feliz, comparando el olor con no sé qué jabón artesanal que le vende el vecino del mercado de su barrio en Cali — es lo que hace con cada fragancia nueva que le mando, compararla con algo que ya conoce de su ciudad. Los aceites que uso salen casi siempre del mismo local en La Candelaria, donde la señora que los vende ya sabe que voy a destapar cada frasco y olerlo dos veces antes de decidirme.
Eucalipto en la ducha, cada mañana
El aceite de eucalipto es el que más disfruto en la ducha y no en la cocina: el vapor de la mañana lo despierta de un modo que ningún difusor logra igualar. Ahí entiendo para qué sirvió todo el sábado anterior — el termómetro que fallaba, los aceites medidos con cuidado, la barra que sudó un poco antes de que aprendiera a envolverla a tiempo.
No vendo estos jabones, aunque me lo pregunten seguido, porque en el momento en que esto se vuelva un negocio va a perder la única gracia que tiene: que nadie me lo pidió y nadie lo revisa antes de que salga de mi cocina. Si algo me ha dejado este ir y venir de aceites y termómetros dañados es que el autocuidado no está en que la barra salga perfecta, sino en repetir el proceso sin apurar ninguna parte de él, y eso aplica para bastante más que el jabón. Si tienes gato, cuenta con que va a querer auditar cada paso, casi siempre desde el lugar menos oportuno.