
Afuera, el cielo de Bogotá tiene ese tono gris de panza de burro que avisa que la lluvia no va a parar pronto. Se oye el chasquido del agua contra el pavimento y ese olor a tierra mojada se cuela por la rendija de la ventana, mezclándose con el vapor que ya empieza a subir de mi ollita al baño maría. Mi gato, que es el auditor más estricto de este apartamento, está sentado sobre la encimera, vigilando con los ojos entrecerrados cómo se mueve la cuchara de madera. Es un sábado de esos en los que el trabajo de ilustración se queda guardado en la tableta y mis manos, cansadas de pelear con curvas de Bézier y capas infinitas, necesitan tocar algo de verdad, algo que huela a campo y no a procesador recalentado.
El vapor del baño maría y el ritmo de la lluvia
Desde mediados del año pasado hasta este presente septiembre lluvioso, mi cocina se ha convertido en un laboratorio de sensaciones. No es que quiera montar una marca ni mucho menos, es solo que encontré en la glicerina un puente perfecto para desconectar. Empecé en los encierros del 2020, casi por accidente, y ahora es mi ritual de cada fin de semana. Recuerdo un sábado gris de octubre donde todo me salía mal con un diseño, y terminé refugiándome en el olor de la base de jabón derritiéndose. Hay algo casi hipnótico en ver cómo ese bloque sólido y transparente se rinde ante el calor. Mirando la mezcla ámbar en la jarra, pensaba que este es el único momento de la semana donde no tengo que presionar 'Ctrl+Z' para arreglar algo; aquí, lo que se vierte, se queda.
Mi abuela solía contar historias de cómo hacían jabón con ceniza y grasa en el campo, unas recetas de jabón de tierra que sonaban a alquimia antigua y un poco peligrosa. Lo mío es mucho más civilizado, claro. Uso bases 'melt and pour' porque, para ser sincera, la química de la saponificación desde cero me da un poco de susto. Me gusta la inmediatez. Lo que más disfruto es ese momento en que la base alcanza su punto de fusión, que suele estar entre los 40-60 grados Celsius. No uso termómetro láser porque ya le tengo el tiro al ojo: es cuando la superficie se ve como un espejo líquido pero todavía no empieza a sacar burbujas de rabia. Es un proceso lento, como aquel sábado de lluvia, café y cera donde aprendí que las prisas son las enemigas de cualquier cosa artesanal.
La base de todo: derretir sin afán
Hace unos cuatro meses, en mayo, empecé a ponerme un poco más experimental. Ya no me bastaba con que el jabón fuera transparente y oliera rico; quería que se sintiera como un abrazo para la piel. Aquí en Bogotá, con este frío que se le mete a uno en los huesos y la resequedad constante, mis manos de ilustradora sufren mucho. Así que empecé a mirar de reojo las botellitas de aceites naturales que tenía en la repisa. Aceite de almendras dulces, jojoba, un poquito de argán... se sentía como si estuviera cocinando un postre para mi propio cuerpo. Pero claro, como buena artista, mi primer impulso fue echarle "un chorrito generoso", pensando que más era mejor.
Ese fue mi primer gran tropiezo. Resulta que la glicerina es un humectante maravilloso por sí sola porque atrae la humedad del aire hacia la piel, pero tiene sus límites de tolerancia. Si te pasas de generosa con los aceites, el jabón simplemente deja de ser jabón. Se convierte en una cosa triste, una masa blanda que no hace espuma y que se deshace en la jabonera como si tuviera flojera de existir. Aprendí, después de desperdiciar un par de moldes, que el porcentaje recomendado de aceites esenciales y naturales debe mantenerse entre el 1-3 por ciento. Parece poco, casi una miseria, pero es lo que mantiene la estructura firme y la capacidad de limpieza intacta. Es un equilibrio delicado entre la intuición y la realidad física del material.
El experimento de los aceites (y cuando se me fue la mano)
Una tarde de julio, con el sol entrando de refilón por la ventana de la cocina, decidí que iba a hacer el jabón definitivo de autocuidado. Mezclé aceite de almendras con unas gotas de vitamina E. Estaba tan emocionada que ignoré esa vocecita en mi cabeza que me decía que estaba echando demasiado. El resultado fue un desastre pegajoso. El jabón nunca terminó de endurecer del todo y, cuando lo usé, sentía que me estaba lavando con mantequilla aromatizada. Fue una lección de humildad. No puedes forzar a la glicerina a cargar con más peso del que sus moléculas permiten. Añadir aceites naturales en exceso arruina su capacidad de limpieza y los convierte en una masa blanda que pierde su forma rápidamente, dejando una película grasosa que no es para nada lo que buscas en una ducha relajante.
Ahora soy mucho más cuidadosa. Uso una cucharadita pequeña por cada medio kilo de base, y con eso es más que suficiente para que la piel sienta la diferencia sin comprometer la espuma. A veces, para relajarme mientras espero a que la mezcla baje un poco de temperatura, me pongo a leer sobre aromas para jabones artesanales que relajan mi espacio de trabajo creativo, buscando combinaciones que me quiten el estrés de las entregas finales. El aceite de jojoba se ha vuelto mi favorito porque es el que mejor se integra, dejando un acabado satinado que se siente muy profesional, aunque lo haya hecho entre tazas de café a medio terminar.
Jabones que respiran a 2640 metros
Vivir en Bogotá influye en el jabón más de lo que uno creería. Estamos a 2640 metros sobre el nivel del mar, y esa altitud afecta la humedad ambiental y cómo se secan las cosas. Aquí, los jabones de glicerina a veces "sudan". Aparecen unas gotitas diminutas en la superficie, como si el jabón estuviera llorando. Al principio me asusté, pensé que se habían dañado, pero luego entendí que es solo la glicerina haciendo su trabajo: atrapando la humedad de nuestro aire bogotano. Para evitarlo, he aprendido a envolverlos en papel film apenas se enfrían, como si fueran pequeños tesoros protegidos del clima exterior.
El fin de semana pasado, mientras mi gato intentaba cazar una burbuja de jabón que flotaba cerca de su nariz, me di cuenta de lo mucho que ha cambiado mi percepción del tiempo. Antes, un sábado libre era para adelantar correos o buscar referencias en Pinterest. Ahora, es para esperar a que el aceite de caléndula se mezcle bien con la base transparente. Es un ejercicio de paciencia que me ha servido mucho para mi trabajo de ilustración. Ya no me desespero si un dibujo no sale a la primera; simplemente entiendo que, como el jabón, todo tiene su tiempo de fraguado y su temperatura ideal.
Mi refugio de eucalipto cada mañana
El cierre de todo este proceso no ocurre en la cocina, sino en el baño. No hay nada como el aroma del aceite de eucalipto mezclándose con el vapor del agua caliente por la mañana. Transforma mi baño pequeño, ese que tiene la baldosa un poco vieja, en un refugio temporal contra el frío exterior. Es el momento en que el jabón que hice el sábado se convierte en una herramienta de bienestar real. La espuma es suave, el aroma es fresco, y sé exactamente qué tiene cada barra porque yo misma puse las gotas (esta vez, las justas y necesarias).
A veces me preguntan por qué no vendo mis jabones, si me quedan tan bonitos con las flores secas que les pongo. Y yo siempre digo que no, que en el momento en que esto se vuelva un negocio, perderá su magia. Necesito este espacio donde no hay clientes, no hay revisiones de color y no hay presiones. Solo estamos mi gato, la glicerina derretida y yo. Es mi forma de decirme a mí misma que merezco un tiempo que no sea productivo para nadie más que para mi propio espíritu. Al final, estos jabones son pequeños trozos de calma que me ayudan a sobrevivir a las semanas de entregas locas y noches frente al monitor.
Si alguna vez te animas a probar, mi único consejo de amiga es que no te dejes llevar por el entusiasmo de los aceites. Mantente en ese margen del 1 al 3 por ciento, respeta el punto de fusión y deja que la mezcla repose sin afanes. Verás que el resultado es una barra que no solo limpia, sino que te conecta con un ritmo de vida mucho más amable. Y si tienes un gato, ten cuidado: les encanta intentar auditar el proceso metiendo una pata donde no deben. Al final, el autocuidado también es eso: aceptar el caos doméstico mientras creas algo hermoso con tus propias manos.