Olorua

Lecciones de un jabón quebrado: Mi tarde de sábado entre moldes y glicerina

2026.05.14
jabón artesanal de glicerina agrietado sobre la mesa de trabajo, resultado de mi primer intento como hobby creativo
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El bloque de glicerina empieza a inflarse dentro del microondas, y antes de lograr abrir la puerta ya sé que arruiné toda la tanda. Sale un olor raro, medio a plástico quemado, nada que ver con ese aroma limpio y casi neutro que tiene la base cuando se derrite bien. Tengo puesta mi camiseta más vieja, la que ya trae manchas de todos los colores de tinta que uso para ilustrar, y en la mesa hay tres moldes vacíos esperando algo que ya sospecho que no va a llegar entero. Así empezó mi primer acercamiento serio a lo que se suponía iba a ser mi glicerina y jabón artesanal, mi hobby creativo de los sábados: a los golpes, con el microondas a máxima potencia porque tenía afán y pensé que más calor era simplemente más rápido.

El mito del ojo entrenado que quemó mi primera base de glicerina

Ilustro para vivir desde hace bastante, y en estos seis años metiendo las manos en la glicerina los sábados sigo cayendo en la misma trampa: creer que mi ojo entrenado para el color sirve también para calcular cantidades. Craso error. Cuando un azul se ve pálido en una ilustración le agrego una gota más de tinta y el papel perdona. La glicerina de bloque —esa transparente que se corta como gelatina dura y casi no huele a nada— no perdona igual. Se comporta más como una receta exacta que como una acuarela: tiene un límite bastante bajo de cuánto aceite y esencia puede absorber antes de dejar de comportarse como jabón sólido y convertirse en una masa que no cuaja, no hace espuma y se derrumba con solo mirarla.

Ese sábado, además de quemar la base en el microondas, seguí con la misma lógica del ojo: eché aceite de almendras a puro instinto, pensando que entre más generoso fuera, más hidratante saldría el resultado. Miga —mi gata color caramelo— seguía fiel a su rincón de trapos viejos en la cocina-estudio de Teusaquillo, sin inmutarse cuando el olor a quemado llenó el cuarto. Ya está acostumbrada a mis sábados.

¿Por qué un jabón perfecto por fuera se rompe al primer corte?

Cuando por fin vertí la mezcla en los moldes, se veía impecable: transparente, sin grumos, oliendo a lavanda de una manera que me hizo sentir que ya era experta. La superficie, eso sí, salió un poco cuarteada apenas se enfrió, y ahora sé que esa fue la primera pista de que había vertido con la base todavía demasiado caliente —una técnica que se puede afinar con calma, aunque el detalle exacto de cómo hacerlo merece su propio espacio. En ese momento no le presté atención, estaba muy ocupada admirando el color.

Horas después, al ir a desmoldar, el bloque no se sentía como debía: opaco, medio sudado, pegajoso al tacto. Saqué mi cuchillo de cocina más afilado, el mismo que uso para picar cebolla, y en cuanto hice el primer corte escuché un chasquido seco, nada que ver con el corte limpio que esperaba. El jabón no se cortó: se desmoronó en dos pedazos irregulares, como una galleta que se quiebra mal. Ahí entendí, de la manera más torpe posible, que la base de glicerina para fundir y verter no es un lienzo dócil. Viene formulada para sostenerse sola, y cuando uno le agrega más aceite del que puede sostener, simplemente deja de ser jabón: pierde la estructura, no hace espuma, se rompe con nada. No hace falta saber química para notarlo, basta con tener las manos llenas de pedazos pegajosos un sábado de lluvia.

Le mandé una foto del desastre a Cecilia Restrepo, una compañera del grupo de WhatsApp de artesanas de por acá, la que siempre manda fotos de sus jabones todavía en el molde pidiendo opinión antes de desmoldar. Me dijo que a ella también le había pasado, y que no me preocupara tanto por un primer intento.

Ahí fue cuando empecé a buscar en serio por qué mis jabones seguían fallando, y di con una Calculadora de Recetas para Jabones Naturales de Glicerina. No es la herramienta más económica que he comprado, pero es sencilla: uno pone cuánta base de glicerina tiene y ella dice cuánto aceite y esencia puede llevar sin que la mezcla se desbarate. Fue la primera vez que un jabón me salió sólido a la primera.

Las velas trajeron sus propios líos, más rápido de lo esperado

Con las velas no tardé tanto en meter la pata. Un sábado distinto, ya con más confianza, usé un molde improvisado —un frasco de vidrio que no estaba pensado para eso— y la cera terminó saliéndose por un borde que no sellaba bien, dejando un charco pegajoso sobre la misma mesa que también uso para ilustrar. Ahí decidí que algún día iba a intentar hacer mis propios moldes de silicona, aunque todavía no me he animado del todo: tengo guardado en favoritos un curso de Crea tus propios moldes de silicona para cuando tenga un sábado libre de encargos, aunque el truco de cómo despegar la pieza sin arruinarla también quedará para otra entrada.

La otra vela, la que sí cuajó en un molde de verdad, se enfrió y me dejó un hueco feo justo en el centro, como un cráter minúsculo. Nunca averigüé del todo por qué pasa —tiene que ver con cómo se contrae la cera al enfriarse, algo que investigaré más en serio en otro momento— pero sí aprendí que no se arregla tapándolo con más cera encima porque se nota igual. Tampoco el aroma que sale del frasco cerrado resultó ser el mismo que el que suelta la vela encendida, y entre el tipo de cera y el grosor de la mecha hay decisiones que todavía dosifico más por ensayo que por certeza, aunque cada vez menos.

Cuando la fragancia se pasó de generosa

Compro los bloques de glicerina y casi todas mis esencias en el Mercado de Paloquemao, donde hay un puesto que vende aceites sueltos y deja oler antes de comprar. Un sábado me enamoré de un aroma a naranja y clavo que olía a diciembre, y eché lo que me pareció suficiente sin medir nada, guiándome otra vez por el olfato en lugar de calcular la dosis real —una decisión que tiene su propia lógica y que dejo para otro texto. El jabón terminó oliendo delicioso, eso sí, pero tan cargado que a los pocos días de usarlo se me puso la piel del antebrazo roja e irritada, y tuve que dejarlo de lado por un buen tiempo.

Fue una lección incómoda: que un jabón huela espectacular en el molde no significa que la piel lo vaya a recibir igual de bien, y desde entonces dosifico con bastante más cuidado, aunque sigo guiándome más por costumbre que por una fórmula fija. En ese mismo período noté que otro jabón, secando cerca de la ventana un día particularmente húmedo, amaneció con gotitas en la superficie —el jabón "llorando", como dicen por ahí—, un comportamiento propio de la glicerina que todavía estoy aprendiendo a manejar del todo. También decoré uno con pétalos secos de un ramo viejo y a los pocos días se pusieron cafés y feos, algo que no he resuelto todavía, y en otro intento el colorante en gel se me corrió hacia una esquina del molde en lugar de quedarse parejo, otro misterio pendiente de esos sábados.

Aprendí a soltar la fórmula sin dejar de improvisar

La última vez que vertí una mezcla en el molde no salió ni una sola burbuja, y me quedé mirando la superficie lisa como si fuera un logro ajeno, sin caer en cuenta de que ya sabía hacerlo bien. Ahí entendí que el mito del ojo entrenado no es del todo falso: sirve para notar cuándo algo no cuadra, para ver que una superficie se cuarteó o que un color migró donde no debía. Lo que no sirve es para reemplazar la medida. La regla que me quedó, y que le repito a quien me pregunta, es simple: en glicerina primero se mide con calma, y solo después se deja hablar al ojo.

Tiempo después, cuando otro jabón se me empezó a pasar de esencia, volví a abrir la Calculadora de Recetas antes de arruinar nada, casi como llamar a mi abuela pero una que maneja proporciones exactas en lugar de recetas a puro ojo.

Mi amiga Pilar Montoya, que insiste en mandarme desde Medellín papeles y telas que después regala porque no les encuentra uso, fue quien me preguntó por qué no le daba más espacio a las velas ya que el hobby me estaba gustando tanto. Terminé mirando con calma opciones como Ilumina y Crea y el Candle Makers PRO, aunque este último me suena más para cuando quiera tomarme la cosa en serio y no solo como el plan de sábado que es hoy.

Sigo prefiriendo las tardes con la ventana del patio abierta y Miga vigilando desde su canasta, solo que ahora, antes de dejar hablar al ojo, mido con calma. Y esa calma, más que cualquier fórmula, fue lo que realmente me quedó de aquel sábado del jabón roto.