Olorua

Cuando el aroma engaña: mis tropiezos con fragancias que no sobrevivieron al jabón

2026.10.12
Lucía mezclando fragancias para jabón artesanal en su cocina-estudio de Bogotá, un hobby creativo con errores de principiante incluidos

Tengo catorce frascos de fragancia y solo cuatro han terminado dentro de un jabón que de verdad me gustó (los otros diez se quedaron ahí en fila, acusándome en silencio cada vez que los veo). Miga, mi gata color caramelo, duerme hecha un ovillo sobre los trapos viejos que guardo en la esquina, mientras decido cuál de esos frascos se atreve a entrar hoy en la mezcla. Este hobby creativo de los jabones artesanales me ha enseñado que el olor del frasco y el olor del jabón terminado son casi dos perfumes distintos, y que la saponificación no negocia con nadie. De los errores de principiante que he acumulado, las fragancias que no sobreviven al proceso son, sin duda, los que más me han dolido, y los que más me han enseñado a desconfiar de mi propia nariz.

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Brisa Marina: la fragancia que prometía playa y acabó en la basura

Jabón artesanal con aspecto turbio tras una fragancia Brisa Marina que no sobrevivió a la saponificación

Todo arrancó un fin de semana lluvioso de noviembre, con ganas de hacer un diseño de ondas azules que tenía dibujado en mi libreta desde hacía rato. Abrí un frasco de fragancia llamado 'Brisa Marina' y la cocina se llenó de un olor a vacaciones, a salitre, a ese tipo de libertad que uno asocia con un mar que en Bogotá no tenemos cerca. Como dosifico más por intuición que por medida exacta (algo que los cursos básicos que he hojeado siempre señalan como mi talón de Aquiles), le puse un chorro generoso a la mezcla de aceites, bastante más de lo que cualquier manual recomendaría.

Lo que no sabía, porque venía de seguir un tutorial de YouTube a las carreras, sin fijarme bien en que cada base tiene sus propios tiempos de reposo antes de intervenir, es que a la fragancia de frasco no le importa nada lo que prometía la etiqueta una vez entra en el proceso en frío. Apenas vertí la mezcla, el aroma a playa se transformó en algo parecido a metal quemado con pescado viejo. Nunca había olido algo tan distinto a lo que esperaba que saliera de mi propia cocina.

Ese lote terminó en la basura a los pocos días porque el olor, en lugar de asentarse, se puso rancio. Fue mi primer golpe de realidad con esto de las fragancias: lo que huele increíble en el frasco es solo una promesa, y la química de la saponificación se toma el derecho de romperla cuando se le antoja. Pensar que "más cantidad es mejor" fue, sin exagerar, el error de principiante más caro que he cometido con mi nariz.

Vainilla y chocolate, de postre a ladrillo rancio

Jabones de vainilla y chocolate oxidados a un marrón oscuro, un error de principiante común en fragancias para jabón

A mediados de un abril particularmente gris, quise un jabón que oliera a la cocina de mi abuela, a esas recetas rústicas que hacía con plantas secas y aceites simples. Compré una fragancia de vainilla y chocolate que olía literalmente a postre, de esas que dan ganas de comérselas directo del frasco. La traza quedó de un crema precioso, como nata montada, y hasta pensé en elegir colores para jabones artesanales con mi ojo de ilustradora para darle un efecto marmoleado encima.

Pero la vainilla tiene fama entre quienes hacen jabón de ser traicionera con el tiempo: el color crema se fue oscureciendo hasta parecer un ladrillo viejo, casi negro, y el aroma a chocolate se transformó en algo cercano a caucho quemado. No fue de un día para otro -- fue algo que noté poco a poco, cada vez que abría el armario donde guardo los jabones curando.

Como ilustradora domino bastante bien el círculo cromático, pero frente a una reacción así mis pinceles no sirven de nada: esto no es un tema de buen o mal gusto para el color, es química pura que no negocia con la estética. Lo que me quedó claro, con el tiempo, es que algunas fragancias necesitan más que entusiasmo -- necesitan que uno sepa, aunque sea un poco, qué tan estable es ese aroma antes de comprometerse con él.

Por qué una rosa casi me hace estibar el jabón a golpes

Manos moldeando a mano un jabón de rosas tras una aceleración rápida de la mezcla

Una tarde gris de hace un par de meses me animé con un jabón de rosas, inspirada en que todo el mundo jura que las rosas son un clásico infalible. Resulta que varias fragancias florales provocan lo que las compañeras del grupo de WhatsApp de artesanas bogotanas llaman 'aceleración': estaba mezclando tranquila cuando, en cuestión de segundos, aquello pasó de líquido a algo con la textura de un puré de papa espeso.

Cecilia Restrepo, que vive en Suba y le documenta cada experimento a su cuaderno cuadriculado con una precisión que a veces me da un poco de envidia, mandó esa misma noche un audio al grupo citando las proporciones exactas que ella usa para esa misma fragancia floral, sin que nadie se las hubiera pedido. Yo, mientras tanto, estaba estibando mi jabón a puñetazos dentro del molde de silicona para que la mezcla bajara, con Miga saltando de la mesa asustada por el golpeteo.

El resultado fue un jabón con burbujas de aire por todas partes, textura de queso gruyere y un aroma tan intenso que me dio dolor de cabeza toda la tarde. Esa tarde confirmé, una vez más, que la paciencia no es opcional en esto: no se puede apurar a la química, y dosificar fragancia "al ojo", como hago casi siempre, tiene un límite que las compañeras que sí calculan al gramo seguramente nunca pisan.

Si te pasa seguido lo de no entender por qué un aroma se porta mal, hay un curso de velas de soja, el de Velarosa Studio, que encontré buscando justo este tipo de líos, que explica bastante bien cómo reaccionan los aromas con el calor, aunque esté pensado para velas y no para jabón. Lo dejo por aquí, /get/main, porque a mí me ayudó a entender mejor por qué mis propias mezclas se portan tan mal a veces.

Cuando el limón del frasco no es el limón del jabón

Jabón de limón siciliano con aroma final parecido a un limpiador industrial

Esta es quizás la que más me dolió. Compré una fragancia de limón siciliano que olía a cítricos frescos, a mañana tranquila, justo lo que quería para un jabón vibrante. Pero al mezclarlo el aroma cambió por completo, y al final del curado mi jabón olía clavado al limpiador de pisos que usan en el edificio de mi estudio.

Le mandé una barra a Pilar Montoya, mi amiga de la carrera de Diseño Gráfico que ahora vive en Medellín, dentro de uno de esos paquetes sorpresa que nos mandamos de vez en cuando con materiales raros de encontrar. Como siempre, lo primero que me dijo fue justo lo que estaba torcido: "esto huele a trapeador, Lucía, antes de decirte que la forma del jabón me encanta". Así es ella, honesta antes que amable, y por eso le creo cuando sí le gusta algo.

Lo que aprendí ahí es que el aroma de cítricos y de cosas dulces es de los más volátiles que existen: se escapa o se transforma fácil si uno no sabe cómo retenerlo un poco. Nada que ver, por cierto, con lo que aprendí al añadir exfoliantes naturales a mis jabones de glicerina, que es otro tipo de sorpresa completamente distinta (esa, al menos, no olía mal).

Aprender a desconfiar del frasco

Ilustradora anotando en su libreta los aprendizajes sobre fragancias y jabones artesanales

El domingo siguiente a tirar el lote de limón a la basura salí a caminar por La Macarena, más que nada para que se me quitara de la nariz esa mezcla de cítrico y limpiador industrial. Entre las casas de colores y las galerías pequeñas del barrio pensé que quizás mi abuela tenía razón al quedarse con sus plantas secas y sus aceites básicos -- ella nunca tuvo que lidiar con una fragancia sintética que cambia de personalidad a mitad de camino.

Lo curioso es que, mientras las fragancias me siguen jugando sucio en el jabón, con las velas me ha ido mejor de lo que esperaba: el último par que hice salió liso por completo, sin ese hueco feo que se forma en el centro cuando la cera se enfría mal, y sin ninguna mancha grasosa arriba. Dos hobbies, dos aprendizajes completamente distintos, aunque los dos dependan del mismo sentido del olfato que tanto me falla.

Si quieres ahorrarte unos cuantos "ladrillos de vainilla" propios, sigo pensando que vale la pena mirar ese curso de velas de soja de Velarosa Studio -- /get/main -- aunque sea por la parte de aromas y temperaturas, que se puede llevar perfectamente a la cocina de jabones. Y si de todo esto me llevo una sola costumbre nueva, es esta: antes de verter cualquier fragancia nueva en la mezcla grande, pruebo primero un poquito mezclada en frío con nada más que la base, lejos de la sosa -- si ya ahí huele raro o distinto a como prometía el frasco, esa fragancia no vuelve a entrar a mi cocina.

A veces el error no está en la fragancia sino en uno mismo: igual que me pasa con ciertas velas que no sueltan nada de aroma en el cuarto aunque la cera sola huela fuerte en la jarra, con el jabón pasa algo parecido, y las ventajas de aprender velas y jabones con un combo artesanal completo es justo que un error de un lado te enseña a mirar el otro con otros ojos. Miga sigue durmiendo entre los trapos viejos, ajena a todo el drama, y la próxima fragancia que abra en mi cocina ya va a tener que ganarse mi confianza antes de entrar a ningún molde.