Olorua

Velas que sí huelen: Cómo dejé de calcular la esencia al ojo en mis tardes de sábado

2026.10.14
Vela artesanal de cera de soja recién vertida en un frasco de vidrio durante una tarde de manualidades en Bogotá

Dos velas de cera de soja, hechas el mismo fin de semana aquí en Bogotá, cargaban la misma esencia de lavanda: la primera olía a campo recién cortado apenas la tocaba fría, y en el momento de encenderla no dijo absolutamente nada; la segunda, pesada gramo por gramo en la misma balanza que uso para la repostería, llenó mi cocina-estudio antes de que yo terminara un solo boceto. Llevo un buen tiempo metida en esto de las manualidades con velas artesanales, y todavía me sorprende que calcular bien la fragancia sea la diferencia entre una vela que solo decora y una que de verdad cumple lo que promete.

Miga, mi gata color caramelo, se enrosca en su canasta de trapos de siempre y desde ahí vigila cada movimiento con esa cara de jueza que ponen los gatos cuando uno lleva media hora revolviendo algo en silencio. La cocina tiene una ventana desnuda, sin nada que tape la vista al patio de atrás, donde crece una palma que ya casi no cabe en su materero, y ahí fue donde empecé a notar que el olor de la cera cambiaba según la luz de la tarde. Todavía se me queda pegado el olor a lavanda en el nudo grueso del delantal que uso para esto, aunque ya haya lavado la tela un montón de veces.

Por qué una vela perfecta en frío se queda muda al encenderla

Esa fue la pregunta que me hice durante meses, antes de ponerme seria con esto. Encendía la vela esperando que el cuarto se llenara de lavanda y lo único que llegaba era un olor a cera quemada, casi a nada. Confieso que durante un tiempo pensé que el problema era la mecha, o el frasco, o hasta la marca de esencia — cualquier cosa antes de aceptar que el problema era yo, calculando al ojo cuánto aceite le echaba cada vez.

A veces hasta se me ocurría que entre más esencia, mejor — "un poquito más para que pegue", me decía, viendo el aceite caer en la cera caliente sin medir nada. Y lo peor no era solo que no olieran al encenderlas: al día siguiente encontraba gotitas diminutas sobre la superficie, como si la vela hubiera llorado aceite durante la noche. Esa cera sudando fue la primera señal de que le estaba pidiendo más de lo que podía guardar.

Superficie de una vela artesanal de cera de soja con gotas de aceite sudando por exceso de fragancia

Mezclaba esencias florales al ojo y nunca anotaba nada

El verdadero problema no era solo la cantidad: era que nunca llevaba registro de nada. Mezclaba esencias florales a ojo, sin medir ni apuntar en ningún lado qué proporción había usado la vez anterior, así que cada tanda era un experimento nuevo que empezaba de cero. Si una vela salía bien, no tenía forma de repetirla; si salía mal, tampoco sabía qué había cambiado. Mi "ojo de ilustradora", ese que confío tanto para mezclar colores en la paleta, resultó ser pésimo calculando fragancia.

Entre las cosas que fui entendiendo con la práctica, aprendí que hay un punto a partir del cual la cera de soja ya no puede absorber más aceite, sin que me hiciera falta ningún número exacto para notarlo. Me bastaba con saber que existía un límite, y que yo lo estaba pasando sin darme cuenta, para empezar a cambiar la forma de trabajar.

Empezar a pesar la cera de soja en vez de adivinar

Saqué la balanza de repostería un sábado cualquiera y la dejé fija en la mesa de trabajo, al lado de los pinceles. Ya no era "un chorrito" de esencia: era pesar la cera, pesar el aceite, y esta vez sí, anotar en un cuaderno viejo cuánto le había puesto a cada tanda. La primera diferencia no fue el olor — fue poder repetir lo que había funcionado la semana anterior, en vez de cruzar los dedos cada vez.

También cambié el momento en que agregaba la esencia. Antes la echaba apenas la cera se veía líquida, sin esperar nada; ahora dejo que baje un poco más de temperatura antes de verterla, lo suficiente para que el aceite se integre bien sin evaporarse de una vez. No necesito ningún instrumento sofisticado para notar la diferencia — con ver cómo cambia la textura del líquido en la olla es suficiente.

Balanza digital midiendo gramos de fragancia antes de agregarla a la cera de soja derretida

La vela medida frente a la vela intuida

Puestas una junto a otra, las dos velas de esa tanda de prueba contaban historias distintas. La intuida tenía un acabado más lindo, casi sin pensarlo; a veces la prisa de no medir se nota en una superficie más espontánea, con vetas que la vela pesada no tenía. Pero apenas se encendía, se quedaba callada. La medida, en cambio, no tenía nada de espectacular a simple vista; era la que, encendida, llenaba el pasillo de olor a sándalo y bergamota mientras yo seguía dibujando sin pensar en ella.

Con el tiempo entendí que no se trata de elegir una sola manera para siempre. Cuando estoy jugando sin ningún plan — probando una combinación nueva solo por curiosidad, sin pensar en regalarla ni en que funcione bien — sigo dejando que el aceite caiga como quiera. Pero cuando quiero una vela que de verdad huela al encenderla, para mi escritorio mientras ilustro o para regalar, ya sé que vale más diez minutos con la balanza que la confianza ciega de antes.

Cera de soja líquida cayendo dentro de un frasco de vidrio frío durante el vertido de una vela artesanal

Ya había contado por qué prendo velas aromáticas mientras ilustro en mis tardes de trabajo, pero no había dicho que antes esas velas eran casi decoración muda — bonitas, sí, pero sin ningún aroma real detrás del vidrio. Ahora, con la esencia bien calculada, el olor se siente parejo por todo el cuarto sin ser pesado, y puedo concentrarme en si el color de fondo de una ilustración combina con el ánimo de la tarde.

Mis jabones de glicerina no siguen la misma lógica

Mientras esas velas medidas terminaban de secar, me puse a pensar en mis jabones, porque ahí la lógica no aplica igual. Mi abuela siempre decía que el jabón es para limpiar, no para perfumar el alma, y con los años le he encontrado razón. Leyendo sobre la saponificación entendí que ese proceso transforma tanto los aceites que buena parte de lo que uno le pone con tanto cuidado se pierde en el camino, así que de nada sirve echarle la esencia más cara a una barra esperando que sobreviva intacta.

Por eso en los jabones sigo siendo mucho más relajada con las esencias — ahí no mido con la misma obsesión, porque sé que el resultado final depende de otras cosas, no solo de cuánto aceite le eche. Guardo los aromas más delicados para el difusor mientras trabajo, y me quedo con la lección de aquellas fragancias que no sobrevivieron al jabón: cada material tiene su propia manera de recibir el aroma, y tratar todo igual es el error más fácil de cometer.

Hace poco le pasé el pulgar a una barra que había dejado curar casi un mes completo y no quedó ninguna huella, ni rastro de que un dedo hubiera estado ahí. Fue la primera vez que entendí, sin que nadie me lo explicara con química, qué quería decir realmente que un jabón estuviera "listo".

Jabón de glicerina artesanal junto a una vela de soja terminada sobre un escritorio de ilustradora en Bogotá

Felipe Arango, un lector que escribe seguido desde el formulario de contacto, me contó hace poco que a él le pasa lo contrario con la paciencia: no es que mida mal, es que no logra esperar a que el jabón cure del todo antes de desmoldarlo, así que se queda sin saber si el aroma o la textura final iban a mejorar con más tiempo. Leyendo su mensaje pensé que su problema y el mío, aunque se ven distintos, son la misma cosa vestida diferente: los dos le estábamos ganando a la paciencia con prisa, él sacando el jabón antes de tiempo y yo echando esencia sin medir.

El domingo siguiente subí al Cerro de Monserrate con Camilo, mi vecino del cuarto piso, que aprovecha la luz de mi cocina los domingos para sus fotos de bodegón y a cambio siempre aparece con algo de pan de la panadería de la esquina. Entre el humo de las velas que venden arriba y el olor a eucalipto del camino, le conté lo de Felipe, y él solo se rió y dijo que a él le pasa lo mismo con la luz: durante años midió la exposición a ojo y ahora no suelta el fotómetro ni para una foto rápida.

Qué vale la pena medir y qué no

Si están empezando con esto de las velas artesanales, no le tengan miedo a la balanza: no le quita lo manual ni lo entretenido al proceso, solo le quita la sorpresa desagradable de encender algo que no huele a nada. Tampoco hace falta volverse obsesiva con cada gramo — yo sigo dejando que el jabón sea terreno de improvisación, porque ahí el aroma depende de otras variables que no controlo pesando esencia.

Vela aromática de cera de soja encendida junto a un cuaderno de bocetos durante una tarde de manualidades

Al final, lo que cambié no fue el amor por el proceso, sino la costumbre de confiar ciegamente en una nariz entrenada para el color, no para el olfato. Casi seis años después de haber empezado a meter las manos en esto — primero jabones, luego velas — sigo aprendiendo a distinguir cuándo vale la pena medir con cuidado y cuándo el desorden es, de hecho, parte de la gracia.